domingo, 28 de febrero de 2016

‘We cry tears of mascara in the bathroom; honey life’s just a classroom (-28/02/2016)

Algunos vais a pensar que estoy loco por escribir tanto cuándo aún me faltan unos cinco meses para irme, pero bueno, aquí me tenéis, aporreando el teclado en un vano intento por  aclarar las dudas que me asolan ahora mismo cabeza, alma y corazón. Hoy vengo a hablaros de lo que pocos becados cuentan. No los culpo, de hecho me parece genial que se centren en lo positivo, pero yo, pesimista de nacimiento quiero ofrecer la otra cara de la moneda. A nadie le gusta hablar del miedo.

Diablos, a mi no me gusta hablar del miedo.

Sin embargo, está ahí. Se esconde en cada correo, en cada paso hacia la cima. En cada formulario, en cada espejo. En cada respiración. Siempre está ahí, mezclado con la ilusión, la alegría, la tristeza o el sabor amargo del que sabe que se va y no volverá a su tierra por un tiempo.

Los primeros días después de saber que me habían dado la beca me sentía como en una nube. "Por fin", pensaba mientras miraba a la vida directamente a los ojos, de frente, como pocos veces hago "Por fin tienes algo que ofrecerme". Y la alegría y la ilusión por el sueño americano crecían en el pecho como pocas veces crecen las buenas emociones. Sin embargo sabía bien que después de la tormenta de emociones no vendría precisamente la calma.

Se lo dices a tus padres, y ves en su cara una sonrisa y en sus ojos un mar de tristeza.

Se lo cuentas a tus amigos, y recibes abrazos y sonrisas con sabor a despedida. ¿O sólo te lo parece a ti?

Y por último te lo cuentas a ti mismo, y de repente parece que estás muy agusto. Todo lo que te molestaba de tu instituto ahora parece no importarte y las perspectivas de diez meses fuera se tornan un matiz de colores grises, de sombra y de luz y caes. Caes porque de repente tienes miedo: el futuro, tu futuro, en tus manos, y nadie a quien culpar.



A mi mejor amiga: que diez meses sin ti son demasiados no hace falta que me lo cuente nadie, que ya lo siento demasiado dentro de mí como para saber que es verdad. América puede tener muchas cosas, sí, pero las mejores persones de mi vida se quedan en España, tú entre ellas, y yo me queda un poquito huérfano de alma. Sabes como yo que si pudiese llevar a alguien en la maleta, sería a ti, idiota.


A mis padres: tampoco a vosotros hace falta que os diga lo que dolerán los kilómetros de distancia. Pero sabéis bien que si llegué hasta aquí es gracias a vosotros. Gracias por hacerme independiente y por todos los viajes que hicieron que le cogiera el gusto a eso de ver mundo. Sobran las palabras.

A mis amigos: ya lo sé, demasiados meses, y a estas alturas de la entrada, demasiado sentimental como para articular oraciones con sentido sin exceso de carga emocional. Sólo digo que los que me importáis vais a estar ahí, kilómetros o no de por medio, y la ausencia no pesará más que la fecha de regreso.

Y por último, pero no menos importante:

A mí: juntos acordamos hace ya bastante tiempo que el autosabotaje no era el método más eficaz para dominar el mundo, así que sigamos por etse camino y no por el de una vida llena de dramas, que para problemas ya me llegan los daños colaterales de seguir vivo y no necesitamos buscarlos nosotros. Van a ser diez meses duros pero la experiencia perfila igual que los golpes y las caídas.

Creo que es hora de cortar ya el torrente de emociones, más que nada porque se hace muy tarde y no es cosa de seguir favoreciendo mis ya no tan incipientes ojeras.
Nos leemos.

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